Juventudes y derechos humanos: una mirada de los movimientos migratorios desde la Fe

“Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios, mi Dios” Rut 1: 16

Desde hace tiempo el tema sobre los movimientos de migración latinoamericana que se acentuaron sobre todo en el último tiempo, genera en mí cierta curiosidad sobre qué tenemos para decir desde nuestras iglesias. Observo persistentemente cómo este fenómeno captura la situación en la que viven (y vivimos) muchas personas jóvenes (principalmente mujeres), dando lugar a proyectos de vida que desafían a dejar sus lugares de origen.

A menudo nos encontramos con noticias sobre explotación laboral, muchos y muchas obligados/as a asumir trabajos deshumanos; otras tantas, la promesa de una residencia y un trabajo regular que no llegan a concretarse. Otras veces nos sorprenden las amenazas a que son sujetos/as para no desligarse del trabajo asumido. O la necesidad cada vez más frecuente de casarse para obtener la ciudadanía, los y las vuelve a victimizar. Sin embargo, la esperanza de encontrar una vida nueva y de alcanzar un nuevo horizonte, hace que los/las inmigrantes continúen en la búsqueda de nuevas tierras, de nuevas oportunidades, de nuevos sueños.

En la biblia encontramos bastos ejemplos que describen exhaustivamente esta situación. Pero yo quiero poner lupa sobre el texto de Rut, la joven moabita conocida por su hazaña, impulsada por su suegra, para garantizar su supervivencia. Muchos describen a Rut como la gran heroína del texto. Rut es joven, mujer y extranjera. No goza de los privilegios de un residente extranjero, ella se llama a sí misma “nokrî”, con la cual se designa a alguien con posición social inferior a la de un residente extranjero. No obstante, instruida por su suegra, Noemí, conocerá las leyes que la amparan para asegurar las condiciones básicas de sobrevivencia: defensa de la tierra, de la descendencia y del alimento.

Es este uno de los textos que teñidos por la extrema amargura que embargaba a estas mujeres, manifiesta los movimientos de defensa por sus derechos, a la vez que da muestras de esperanza, confianza y fe de parte de esta joven dinámica, entusiasta, decidida, trabajadora. Y nos comparte una manera posible de alojar al extranjero/a, personificado por Booz, abriendo caminos posibles de amistad y relación pacífica con el forastero. Lejos de la descripción que nos ofrece este relato queda cualquier forma de racismo y tiende puentes de muestras cristianas de la igualdad de todos los seres humanos ante los ojos de Dios.

La valentía de Rut se pone de manifiesto en el preciso momento donde es capaz de dejar su tierra, Moab, por lealtad a Noemí, su suegra para instalarse en un pueblo enemigo al suyo, el pueblo de Israel. Ya allí, ambas mujeres se encontraban habitadas por la soledad. Noemí había perdido a su esposo y sus dos hijos. Uno de ellos casado con Rut. Ella también viuda, al igual que Noemí, decide ir a buscar las espigas (actividad considerada como un derecho de los pobres) que sobraban de la cosecha al campo de un pariente del marido de Noemí y allí conoce a Booz, quien conforme a leyes y costumbres de la época, tomó por esposa a Rut. Este movimiento no se hubiese efectuado sino por la astucia de Noemí que fue capaz de hacer que Rut tomara conciencia de sus derechos y da las indicaciones pertinentes para que ella misma lo haga valer delante de su pariente cercano (lograr el matrimonio y un hijo de éste).

Este ejercicio por los derechos me parece fundamental. Quizá el mayor desafío que se nos presenta sea tratar esta cuestión como un derecho humano, y desde allí plantear los reclamos contra las fronteras y sus consecuencias, y no desde la criminalidad. Los inmigrantes como ciudadanos del mundo que se hallan en búsqueda de una vida digna, como la que Jesús nos ofrece. Frente a la reivindicación de Rut de sus derechos, Booz elogia su solidaridad, por el hecho de no buscar a un joven rapaz, rico o pobre, sino por el deseo de hacer cumplir una ley de Israel, que garantizaba los intereses de la familia. Los asume y decide hacerlos valer. Se muestra cumplidor de todos los compromisos y leyes a los que estaba obligado. Llegados a este punto, destaco, el principio de hospitalidad que deben asumir nuestras comunidades de fe, como punto de partida en las discusiones del movimiento por el mundo. Una hospitalidad, encarnada en el respeto por la dignidad de todos los seres humanos, que no tenga límites, no existan fronteras al encuentro con el/la otro/a, sino que sea la primera parte del principio de la oferta de parada y estadía para todos.

Me quedo con un pensamiento que leí hace poco y hago mías estas palabras “¿Cómo leer la Biblia a partir de las realidades de estas personas que oscilan entre el derecho de ir y venir y los muros del miedo, del odio y de la xenofobia; entre la imposibilidad de moverse y el movimiento que la vida enseña? ¿Cómo la Biblia puede movilizarnos en un movimiento de lucha comunitaria? ¿Cómo leer la Biblia y crear hermenéutica alternativas a la criminalización? ¿Qué debemos recordar para crear resistencia y mejores formas de convivencia en un mundo que crea y vive de las divisiones de clase y crea muros para mantener dichas divisiones? Estos son algunos de nuestros desafíos” .

Que el Señor de la vida, nos bendiga.

Eliana Macchi es Licenciada en psicología con especialización en Psicología clínica con niños y adolescentes. Hace parte de la Iglesia Evangélica Discípulos de Cristo en Argentina y de la Pastoral juvenil en el Consejo Latinoamericano de Iglesias – CLAI, también es miembro de la junta directiva de CAREF (Comisión Argentina para Refugiados y Migrantes).