Su nombre era Valentina

foto credit: americaeconomia.com

Valentina tenía 19 años, una vida, sueños, amigos y amigas, una sonrisa hermosa. Valentina tenía mañanas por descubrir, tenía el derecho de elegir cómo transitar sus días en su Olavarría natal. Pero no… hoy debemos hablar de ella en pasado, porque alguien que creía tener el poder sobre sus decisiones, sobre su cuerpo y sobre los latidos de su corazón, decidió arrebatarle todo.

La historia de Valentina tiene una cuota más dolorosa al ya enorme dolor de su femicidio: ella era hija de Valeria, quien también fue víctima de femicidio casi una década antes.

Los femicidios informados en el marco de la actual pandemia en Argentina ocurren cada 23 horas y son una de las horrorosas manifestaciones de una cultura patriarcal y violenta que sigue apoderándose de las vidas de las mujeres, sin distinciones de ningún tipo. En este año fueron víctimas de horribles femicidios niñas de 7 años y hasta una mujer de 84 años. El odio, la violencia, la apropiación de los cuerpos no sabe de límites.

Ahora bien, ¿qué decimos desde nuestras comunidades de fe?, ¿cómo abordamos desde nuestras experiencias de fe el tema del femicidio y también el tema de una cultura patriarcal que sigue siendo el caldo de cultivo para que estos hechos se repitan con tanta frecuencia e impunidad? En el contexto de un fundamentalismo creciente en América Latina, que levanta banderas que contribuyen a que las luchas por mayores derechos y conquistas para las mujeres y para otros colectivos sean vistos como “amenazas” al orden establecido por Dios, como una afrenta a las normas bíblicas y como un atentado a la moral, ¿cómo reaccionamos desde las comunidades de fe que sostenemos que la Palabra de Dios es sobre todo palabra liberadora?

Debo confesar con dolor la complicidad de nuestra manera de compartir el Evangelio en nuestras comunidades, donde los temas conflictivos o que pueden causar alguna incomodidad entre quienes tradicionalmente asisten a nuestras celebraciones, no son abordados. Las iglesias que tenemos como lema estar en “permanente reforma” no asumimos una transformación que nos coloque definitivamente del lado de las víctimas, junto a las personas que padecen las consecuencias de un sistema patriarcal que trasciende los tiempos y es transversal a muchas culturas.

Hasta que de una vez y para siempre el Evangelio de Jesús de Nazareth no se transforme en la teología dominante en nuestras comunidades y espacios de fe, asumiendo las liberaciones pendientes, haciéndose carne en las luchas y reivindicaciones feministas y de otros colectivos cuyos derechos siguen secuestrados por una moral adoctrinada por al mismo sistema, seguiremos llorando a las Valentinas y a las Valerias y a todas aquellas cuyos cuerpos fueron profanados por la mano asesina de los emergentes más horribles de la cultura patriarcal.

La proclamación, el testimonio, la diaconía y la liturgia de nuestros espacios de encuentro en torno a la Palabra de Dios, no deben ignorar ni en el lenguaje ni en lo simbólico su deber de visibilizar aquello que se opone a y atenta contra la plenitud de la vida a la que Dios nos invita a todas y a todos.

¿De qué manera? En primer lugar, compartiendo la agenda de todos los colectivos que asumen en sus plataformas la lucha contra toda forma de Violencia Basada en el Género. Esto es, generando articulaciones concretas con esos espacios, acompañando sus reclamos, sus propuestas de capacitación, sus manifestaciones públicas, sus esfuerzos y cabildeos ante instancias de gobierno, etc.

En segundo lugar, incluyendo este tema y el de las nuevas masculinidades en las currículas de formación teológica, en los encuentros de catequesis en cada comunidad local, así como en las escuelas dominicales o escuelas bíblicas para niños y niñas. Es decir, en todo espacio donde se busca compartir los valores y principios de la fe cristiana. En tercer lugar, haciendo de estos temas, temas de reflexión pastoral en las celebraciones comunitarias, abordándolos en la prédica, en la oración, en los testimonios, en lo que se canta. También pueden auspiciarse campañas entre varias iglesias y organizaciones en el territorio (barrio, ciudad, región), visibilizando el tema en afiches, pancartas, pintadas callejeras (graffitis), folletos, banners y actividades artísticas y culturales.

Lo antedicho sirve solo como ejemplo de muchas cosas concretas que pueden hacerse desde nuestros espacios de fe para que los nombres de las víctimas no sean apenas titulares pasajeros en los medios de prensa, sino nombres, historias, rostros y vidas que apelen a nuestros compromiso concreto en favor de la vida.

Escrito por Gerardo Oberman, Pastor de las Iglesias Reformadas en Argentina, presidente de la JD de las IRA, integrante de la Mesa de Coordinación de la Pastoral Social Evangélica, Coordinador de la Red Crearte