La fe y los rostros de la niñez

Por Nicolás Panotto*

 “La injusticia tiene rostro de niñez”, se escucha decir por doquier. Y allí la gran pregunta: ¿por qué la niñez? ¿Por qué las niñas y lo niños son el rostro de la vulnerabilidad, la pobreza, la injusticia y la violencia que abruma nuestras sociedades? La respuesta está lejos de las lógicas estadísticas, las lecturas coyunturales o las pragmáticas socio-políticas. Hay algo de “fondo”, en la misma manera de comprender la realidad, en nuestras cosmovisiones sobre los sujetos, las relaciones, los cuerpos, que llevan a los más pequeños y pequeñas a ese lugar de exclusión.

Nuestros niños y niñas sufren de una estigmatización social. Simbolizan las víctimas de la desprotección porque representan, en nuestro imaginario, lo más débil, lo más bajo, lo más inmaduro, lo más maleable, lo más controlable. Por ello, las niñas y los niños se transforman en el chivo emisario de las peores patologías personales y colectivas que atraviesan la sociedad actual. Peor aún, son las víctimas de un adulto-centrismo enfermizo que necesita de los más pequeños como sacrificios para legitimar los falsos ídolos del control social, de la incuestionabilidad de ciertos modelos de vida impuestos como absolutos, de la segregación de la corporalidad, de la omnipotencia de la razón, siendo todos ellos el campo de dominio (y sobrevivencia) de las adultas y adultos.

En otras palabras, el problema de fondo con la niñez tiene que ver con las restricciones y determinismos sobre el propio sentido de dignidad y plenitud humanas. Con los imaginarios sobre lo adulto, lojoven, los procesos devida, y todas las dinámicas que entran en juego alrededor de estas clasificaciones de lo humano (desde las condiciones etarias, sociales, sexuales, culturales, económicas, etc.), a partir de lo cual se legitiman acciones y contextosdesde todos los actores de la sociedad, sean los individuos, las familias, las organizaciones, las iglesias y el Estado.

Por ello,existe una necesidad urgente pordeconstruir y cuestionar las metáforas que sostienen estos estigmas, ydar lugar a acciones concretas que pongan en otro lugar a nuestros niños y niñas. Es decir, necesitamos ir más a fondo, no sólo con acciones paliativas que atiendan problemáticas específicas sino hacer un trabajo profundo de construcción de nuevos imaginarios y concepciones antropológicas con respecto a la niñez (y por ende, de la adultez y las juventudes)

Esto no significa “inventarles” un espacio, sino sensibilizar sobre la condición y capacidad que ya tienenal ser niños y niñas. Más allá de las dinámicas de opresión y adulto-centrismo mencionadas, los pequeños y pequeñas son sujetos activos en nuestras familias, sociedades y comunidades, donde nos desafían, empoderan y enseñan desde su particularidad. Nuestra misión es, en definitiva, mirar sus rostros para ver en ellos y ellas la plenitud de la humanidad y todo lo que están haciendo por sí mismos/as, por nosotros/as y el mundo.

Aquí las Organizaciones Basadas en la Fe tienen un aporte particular. Más allá del trabajo articulado con el incontable conjunto de espacios comprometidos con la niñez, el sentido de la fe puede contribuircon un grano de arena a esta tarea de construcción de nuevos sentidos, metáforas e imaginarios. En primer lugar, en todas las religiones la presencia de lo divino se manifiesta en el rostro de la niñez. Los niños y las niñas no son actores en segundo grado, ni siquiera dependientes de los adultos/as, sino, como sostiene el cristianismo, sujetos activos de la misma revelación y el reino de Dios (Mt 19.14)Es desde esta imagen divina en ellos/as que debe existir un compromiso para caminar juntos, y visibilizar su lugar de agentes sociales.

Segundo, la misma experiencia de la fe implica una vivencia de espiritualidad que parte del cuestionamiento, la superación y la reconstrucción de nuevos sentidos de vida. Aquí el gran potencial antropológico (¡y cósmico!) de la fe como un camino de auto-comprensión y re-construcción. Las acciones de transformación en la sociedad parten no sólo de la atención a una coyuntura sino de una respuesta que se despierta a partir del llamado para que las niñas y los niños sean considerados, no desde sus limitaciones y falencias sino desde la dignidad y lugar activo que poseen como seres humanos plenos, siendo la fe un sendero que potencia la integralidad del desarrollo personal y colectivo, a partir de las experiencias de cambio, la sensibilidad por lo que (nos) trasciende y la vida compartida en comunidad.

El compromiso de las OBF con la niñez no sólo se desprende de una pragmática asistencialista o una agenda global de intervención, sino desde una responsabilidad con la totalidad de la existencia y el principio de dignidad humana, siendo inspirados en el Dios de la vida. Las cosmovisiones religiosas y el sentido de espiritualidad pueden aportar a una visión más integrada del contexto, de las relaciones, del cuidado mutuo (partiendo del principio ético que prima en sus comunidades) y la necesidad de redefinirnos constantemente como sujetos y contextos siempre abiertos al cambio, a partir de la fe en una divinidad que abre la historia y sus fronteras hacia escenarios impensados y desconocidos, pero que allí están, impresos y revelados en las vidas de nuestros niños y niñas.

En resumen, la fe nos permite ver la niñez desde otro lugar, para empoderarlos y reconocer su intrínseca capacidad. Para ver que sus rostros son el reflejo mismo de la revelación de lo divino, y no seres de segunda categoría. Rostros que reflejan la plenitud de la vida en toda su potencialidad, y no como víctimas de la incapacidad adulta. Rostros que muestran la sensibilidad de la existencia humana en el creer como apuesta a vivir desde el juego, la ternura, la apertura a lo novedoso, y no desde las estructuras meritocráticas del mercado. Rostros, en definitiva, que desde su vivencia, clamor y acción hacen un llamado a nuestro compromiso con la justicia y plenitud de la existencia. 

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