Opinión: De París a cada rincón de la casa…

Por Neddy Astudillo*. Hace algunos años mi esposo y yo decidimos tomarnos un año completo para comenzar a hacer los cambios que sabíamos necesarios para vivir nuestra fe de una mejor manera. Fe en una tierra viva, creada en Gracia, quien a pesar de nuestro maltrato, sigue ajustándose para sostener a las criaturas que Dios aquí se dió la dicha de crear.

Durante un mes probamos no usar más bolsas plásticas al ir al mercado y aprender a no olvidarnos de llevar unas de tela. Otro mes dejamos a un lado la carne roja y tuvimos que aprender a cocinar y comer más vegetales y granos. Semanas después, preocupados por la energía nuclear que alimenta la electricidad de la casa, decidimos reducir su consumo desconectándo todo, menos la nevera y la lavadora. Las noches llegaban más rápido, pero en vez de ver la TV, jugábamos más con los niños, nos poníamos a leer, salíamos a caminar o simplemente nos íbamos a cama temprano. Otro mes fue la basura. Ya reciclábamos, pero los desperdicios orgánicos no tenían la posibilidad de convertirse en abono y alimentar de nuevo la tierra. Asi que compramos lombrices, armamos nuestro propio sistema de compost en casa y nuestros hijos comenzaron a jugar con mascotas nuevas, que milagrosamente ayudaban a convertir nuestros desechos en tierra fértil. 

Cuando dejamos de usar el carro por un mes, nos tocó caminar, usar la bicicleta y aprender a usar el bus. Todo tomaba más tiempo, pero hacíamos ejercicio y conocimos más vecinos. Por último, ya que la mayoría de los alimentos viajan más de 2000 kilómetros antes de llegar a la mesa, decidimos comprar alimentos cosechados cerca de la casa. Tuvimos que dejar  de comer algunas frutas y vegetales que no crecen por estos lugares, pero aprendimos a sembrar y a conservar otras, para comerlas luego. Nos hicimos miembros de una granja comunitaria y comenzamos a comer cosas nuevas, en su tiempo de cosecha. 

Cuando hablamos de cambio climático, COP21, 1.5°C vs 2.7°C, firmas en Nueva York luego de un acuerdo en París, y la necesidad de ratificar en cada país lo que ya se acordó en otro, es fácil sentirnos desubicados y perder la noción de cómo esto afecta nuestras vidas y cómo las nuestras pueden afectar el clima o las decisiones de los gobiernos. 

La verdad es que las soluciones al cambio climático varían en cada contexto; pero lo que no cambia es que todas y todos ahora estamos llamados a tomar decisiones en favor de la vida de nuestra casa común, porque son muchas las maneras en que no lo estamos haciendo, e irreversible el impacto que nuestro modo de vida tiene en el ambiente (huella ecológica).

En internet hay un micro-video llamado: “La huella de Carmela” producido para un festival ecológico de una Universidad española. En ella una anciana nos muestra cómo se vive sin dejar huella ecológica. Su aire acondicionado es un abanico; su música son los pájaros del jardín, su bombillo y secadora son la luz y el calor del sol, su correo electrónico es la charla con su vecina. Aunque las tecnologías verdes también pueden ayudarnos a vivir sin dejar huella, como bien lo hace Carmela, su ejemplo ante un sistema industrial, animado con la quema de combustibles fósiles, es un llamado a la reflexión y al cambio.   

El acuerdo logrado en París durante la COP21 y la firma de 175 países el pasado 22 de abril en Nueva York, confirman, lo dicho por el Secretario General de la ONU Ban Ki-moon: “El mundo está en una carrera contra el tiempo. La era de consumo sin consecuencias se acabó. Hoy estamos firmando un pacto con el futuro. Este pacto debe ascender a más que promesas.” 

En París, los países se comprometieron para el 2020, a llevar adelante un plan nacional de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Luego de la firma en Nueva York, la mayoría de los países aún necesitan ratificar estos compromisos, como un proceso interno de cada gobierno. Estos compromisos no incluyen lo que cada uno/a de nosotras/os también podemos hacer para reducir nuestra huella ecológica. 

Esto es de suma importancia, porque los compromisos gubernamentales aún corren el riesgo de permitir el aumento de la temperatura global para el año 2100, en un 2.7°C por encima de la temperatura anterior a la era industrial. 

Para mantener viva la esperanza, necesitamos que este incremento no sea mayor de 1.5°C. Por eso, por un lado, es importante exigir a nuestros gobiernos la ratificación de los acuerdos de París, descarbonizando la economía (dependiente de combustibles fósiles), promoviendo el desarrollo de energías limpias y el cuidado de las comunidades más vulnerables. Y por otro, como personas de fe, necesitamos acompañar a las comunidades que ya sufren las consecuencias del cambio climático y ser muy conscientes de la responsabilidad que tenemos, moral y religiosa, de optar por estilos de vida saludables para el ambiente y solidario con las comunidades más vulnerables.  

Los cambios que la tierra necesita de nosotras y nosotros, ya no podemos lograrlos solos/as. Tenemos que actuar en conjunto, trayendo cada quien sus dones. Como dice el dicho: “para deshacer lo inexorable sólo hacen falta pequeños detalles.” ¿Cuál es el tuyo? ¿Dejar de usar bolsas de plástico? ¡Comienza con uno y unámonos a la esperanza!

 

(*) Neddy Astudillo, ecoteóloga venezolana, coordina el trabajo de Greenfaith para América Latina y pastorea una congregación latina luterana-presbiteriana en los Estados Unidos.

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